
Mi pueblo blanco que al sol
por las tardes alboreas,
¡cuántos años ya pasaron
sin trotar por tus laderas!
Ya veo que asoma el morro
la “Negra” por mi cancela,
diciéndome a voz en grito;
¡prepara ya la maleta!
Y no quisiera marcharme
sin antes dar una vuelta
por el blancor de tus casas
y tus empinadas cuestas,
para hartarme del olor
a pan de tus callejuelas
y así llevarme conmigo
tu recuerdo como prenda
a las tenebrosas simas
donde la muerte nos lleva
y con tu recuerdo en mí
será más dulce la pena.
Aún conservo en un sueño
el verdor de madreselvas
y el aroma de jazmines
de tus noches veraniegas
y aquellos cuentos tan largos
oídos a boca abierta
que tío Martín contaba
los veranos a la fresca
y él; es muy tarde: ¡a dormir!
Que nos gritaba la abuela,
agitando fuerte al viento
en su mano la espardeña,
¡cuántos recuerdos hermosos
de veranos sin escuela!
Por las mañanas al río,
por las tardes a la siesta
y en las noches a soñar
a la luz de las estrellas.
Lucían ventanas toscas
ramilletes de azucenas,
que daban color al alma
de nobles gentes camperas
que nada saben de entuertos
y si de aliviar las penas
de quienes a ellas acuden
con almas sin medias suelas.
Así recuerdo a tus gentes
que apacibles y serenas
fueron para mí ese faro
que fue marcando mi senda,
en aquel pueblo tan blanco
donde viví de chicuela.
Guardan tus calles los sueños
que pinté por sus aceras,
de príncipes y carrozas
estaba la plaza llena,
ellos con su traje azul,
ellas tiradas por yeguas
y yo, suspirando al sol
queriendo ser Cenicienta.
Las flores de tus balcones
hacían tierna la espera
de aquel mozo que soñaba
ser mi novio en la verbena
y yo pensando tan solo
en vestidos de princesa.
Digo;“mi pueblo” y la boca
se me hace sabor a fresa,
un agradable hormigueo
me recorre por las venas,
aflora a mi pensamiento
el sabor de tus callejas
y una explosión de ternura
retumba por mi cabeza.
¡Cuánto diera pueblo mío
por volver a ser mozuela,
anclar mi cuerpo a tus calles,
pasear por tu alameda
y vivir siempre contigo
una eterna primavera!
Sin ganas ya de crecer,
ni descubrir cosas nuevas,
pues por fin cuenta me di
que lo sencillo nos llena
y no hay nada más sencillo
que volar por tus plazuelas.
Como ya creo que dije
al empezar estas letras
sepas que no he de morir
sin volver a tus aceras
para despertar los sueños
que dejé sobre sus piedras
y junto a ellos partir
cuando me lleve la Negra
por esos mundos lejanos
donde los pueblos no llegan
si no es en el corazón
de aquellos que los anhelan.
A veces pienso en los niños
que no gozaron las gestas
de quienes nacen en pueblo,
no corrieron por las eras,
no jugaron en los ríos
ni vieron crecer la yerba
y nunca pescaron ranas
ni pisotearon huertas,
nunca supieron de nidos
tampoco de madrigueras
y nunca vieron nacer
un pollo en la gallinera
ni escucharon el balar
del borrego en la tranquera.
Y siempre que pienso en ello
me da un poquito de pena,
¡yo creo que les faltó
una niñez verdadera!