
Romance
.
Oigo susurrar al viento
golpeando mi persiana
mientras va sembrando nombres
sobre los pies de mi cama,
nombres que ya se fundieron
bajo las sombras tan largas
que vigilan a los sueños
que perdieron la esperanza.
.
Cuántos nombres conocidos
veo sobre mi almohada,
padres, vecinos y amigos
que figuran ya entre malvas,
y un recuerdo entre las brumas
de aquella mujer tan alta.
.
Todos los niños del barrio
se reían de su facha,
de aquel su andar tan torcido
de figura desgarbada.
Ella seguía su paso
con un rictus en la cara,
reflejando la tristeza
de una juventud amarga,
recordando que de niña
ella también se burlaba
de la gente que a su vez
parecían gentes raras.
.
Pero infundía respeto
a su paso por la plaza.
Los más viejos del lugar
no recuerdan su llegada,
fue por el cuarenta y seis
tras una guerra muy larga.
Uno de los viejos dice;
¡Cuando vino era muy guapa!
muy alta de pelo rubio
pero triste la mirada.
En el pueblo comenzaron
a llamarle “La Alemana!
.
Y las comadres tuvieron
razones para sus charlas,
preguntándose entre ellas;
¿Quién será esta descocada?
Nunca se la vio con nadie,
siempre sola en su veranda
mirando pasar los niños
que la tomaban a guasa
y por sus ojos azules
dos lágrimas escapaban
recordando aquellos campos
donde anduvo de guardiana.
.
A su mente acuden rostros
de aquellas almas tempranas
que no sabían de muertes
tras las lluvias de agua clara,
esas aguas que robaron
a los niños su mañana
en alguna ducha fría
que con los sueños acaba.
.
¡Y os lo juro! ¡Yo lo vi!
¡Dios mío, cuánto lloraba
asomada al alfeizar!
¡Lloraba hasta la ventana!
¡También el pueblo lloró,
cuando murió la alemana!
.
Yo también mucho lloré
pensando en la vida mala,
esa que a veces obliga
a estar en una enramada
sin que puedas decidir
que puedes hacer mañana,
si otros deciden por ti
que serás lobo en manada.
.
Hoy han pasado los años
y lloro por La Alemana,
aquella pobre mujer
obligada a ser guardiana
de campos donde los niños
en alguna madrugada
vieron morir a los sueños
detrás de una ducha helada.