¡Qué no madre, qué no!

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¡Qué no, madre qué no!
Que lo que alumbra esta noche,
no es la luz del lucero,
es la sangre derramada,
sin vergüenza y sin honor
por un fusil miserable
en la oscura madrugada
de un agosto inolvidable
que perdió el mundo el amor.
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La sangre fresca y ardiente
de ese poeta cantor,
de ese sueño incipiente
que vivía forjando amor,
pintando de oro las letras
regadas con el valor
de quien no le teme al miedo
ni a las balas del cañón.
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Toca la muerte, con su diente frío,
su plena juventud, y la rebana,
cubriendo con su sangre el rocío,
lanzando al cielo, su alma gitana.
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Desde aquel diecinueve de agosto,
llora la tierra madre,
llora el mar, llora el cielo
y sigue llorando la luna.
Aquella oscura madrugada, madre,
la sangre robó, al amor su pluma.
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La nueva aurora amaneció pálida,
Abril, cuando se enteró madre,
prometió clamando al cielo
no traer más primaveras
y están las rosas de duelo
por toda la eternidad.
.
El rocío se volvió lágrimas de escarcha
y corrieron los tinteros de la escuela
a llenarse con la sangre del poeta.
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Y desde entonces, madre, veo,
al árbol dando de beber al charco,
a los sueños montar en bicicleta,
a la amapola dando de comer al trigo,
a la loba amamantando un cordero
y sonriendo allá en el cielo…
el alma del poeta.

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